Arabia ha perdido con Messi

Arabia Saudita vuelve a la carga por Messi y esta vez no es rumor, es declaración pública. 


El presidente del Al-Ittihad, Anmar Al Haili, ha admitido que ofreció a Lionel Messi una oferta casi irrechazable (1.400 millones de euros) cuando terminó su contrato con el PSG, para que firmara con su club y jugara allí cuando quiso. El argentino lo rechazó por el bienestar de su familia y ahora, cuatro años después, los saudíes vuelven a decir que están dispuestos a darle “un contrato en el que pueda ganar lo que quiera… incluso de por vida”.

Esto no es solo un intento más de fichaje. Es el reflejo de una estrategia de mercado que ha trascendido lo deportivo y ha entrado en lo puramente económico y de marketing, un modelo que puede acabar con el equilibrio competitivo y deportivo del fútbol mundial si no se detiene.


Desde que Cristiano Ronaldo aterrizó en Arabia Saudita con contratos estratosféricos, la liga de aquel país ha pasado de ser un destino exótico a una máquina de atracción de estrellas con cheques en blanco. Ya no estamos hablando de fichar veteranos para “dar glamour a la competición”: ahora se quiere fichar a los mejores del mundo, a los que todavía tienen fútbol para ofrecer. Y con Messi como objetivo número uno, lo que antes parecía locura ahora suena a plan de Estado.

Y aquí viene el problema serio: esta carrera por acumular estrellas no es sostenible ni buena para el fútbol en general. ¿Qué pasa con los clubes europeos? ¿Qué pasa con las ligas tradicionales? ¿Qué mensaje estamos enviando a los jóvenes talentos que sueñan con crecer en la élite competitiva?


Ya hemos visto algo parecido antes, con proyectos en China que se gastaron fortunas en estrellas mundiales para hacer crecer su liga (estrellas, pero nunca top mundial) pero al final no consiguieron construir una base sólida ni un proyecto que generara competitividad real a largo plazo. Aquello quedó como un espejismo: nombres rimbombantes, contratos gigantescos… pero resultados deportivos y crecimiento local limitados.

Si dejamos que el fútbol se convierta en un lugar donde el dinero lo compra todo, donde los contratos cifrados en miles de millones son moneda común, acabaremos con la esencia competitiva del deporte. Un joven talento europeo o sudamericano puede terminar pensando que su futuro está fuera del fútbol competitivo real, porque económicamente hay destinos que ofrecen mucho más que clubes históricos o grandes competiciones.


La permanencia de Messi en el Inter Miami y su rechazo a propuestas gigantescas de Arabia son precisamente lo que debería abrirnos los ojos: el dinero nunca debería ser el único factor que dicte dónde juega un futbolista. Messi priorizó a su familia y su proyecto deportivo; eso es lo que hace grande a una carrera, no la cifra que aparece en un contrato.

Si no ponemos límites a esta dinámica, el fútbol moderno podría transformarse en algo irreconocible: ligas riquísimas con estrellas compradas en masa, y ligas históricas que pierden relevancia. La pirámide competitiva se invertiría, y los clubes que han construido identidad y grandeza durante décadas quedarían relegados a meros observadores.


No se trata de demonizar a nadie, ni de negar que los jugadores tienen derecho a buscar su mejor contrato. Pero dejar que los mercados y las ofertas desmesuradas dicten el rumbo del fútbol es un camino peligroso. Antes vimos cómo ciertos proyectos millonarios fracasaron al no pensar en crecimiento real. Ahora, con Messi en el centro de este nuevo tsunami económico, la pregunta es si será la confirmación de que hemos ido demasiado lejos… o el momento en que el fútbol diga basta.

Porque si el dinero compra todo, incluida la historia, ¿Qué quedará del fútbol que siempre amamos?


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