CRÓNICA DE UNA CRISIS REAL: CUANDO EL CAOS TAMBIÉN ES UN MÉTODO
En Epepe, Ferenc Karinthy narra la angustia de un lingüista, Budai, que, por un error absurdo, aterriza en una ciudad incomprensible. Nadie habla su idioma. Nadie parece entenderle.
Rodeado de multitudes, el protagonista vive una soledad extrema: está dentro del sistema, pero fuera de su código. Una indiferencia estructural convertida en pesadilla moderna. La ciudad imaginaria no es caótica en apariencia, funciona. Hay transportes, oficinas, jerarquías. Pero nadie sabe exactamente quién decide, ni con qué criterio. El sistema no se detiene a pensar porque pensar implicaría explicarse.
El Real Madrid de los últimos años se le parece cada vez más en un punto clave: la planificación deportiva no es inexistente, es deliberadamente opaca. Eso mismo, con menos literatura y más focos, le ocurrió antes a Ancelotti, le ha pasado ahora a Xabi Alonso y, con toda probabilidad, le sucederá también a Arbeloa.
La salida de Kroos primero y la de Modric después no fueron accidentes: fueron decisiones sin traducción futbolística. Se vació el centro del campo de perfiles estructurales sin un reemplazo funcional, como si el talento creativo fuera intercambiable por impacto mediático. El ruido en torno a Zubimendi, utilizado más como coartada comunicativa que como objetivo real, y su posterior fichaje por el Arsenal simbolizan esa deriva: el club y Florentino Pérez sabían qué necesitaba un once equilibrado, pero no estaban dispuestos a ordenar el ecosistema para sostenerlo.
Xabi Alonso llegaba precisamente desde el lugar opuesto: el laboratorio del Bayer Leverkusen, donde nada era casual y todo se entrenaba. Su idioma era el de la coordinación, el de las distancias, el de los roles claros. Pero en Madrid nadie estaba dispuesto a aprenderlo, porque hacerlo habría obligado a admitir que el club llevaba tiempo improvisando.
Budai también detecta patrones. Intuye que el lenguaje de la ciudad tiene reglas, aunque nadie se las explique. El problema no es que no exista una lógica, sino que no se comparte ni se entiende. Xabi Alonso llegó con una idea clara, moderna, trabajada. Pero nadie en la cúpula se ocupó de lo esencial: alinear club, vestuario y discurso.
Xabi cayó por intentar mandar donde nadie quería mandar: en la relación Mbappé-Vinícius, en la defensa del sistema frente al lucimiento individual y en el discurso interno frente al ruido externo. Poco a poco perdió el vestuario, y el vestuario asumió su propia anarquía.
Los números que no importaron
Reducir su salida a una cuestión de resultados es una trampa vieja, cómoda y profundamente interesada. Xabi Alonso se fue con un porcentaje de victorias propio de un entrenador competitivo, con el equipo vivo en las dos competiciones que le quedaban Liga y Champions y con métricas futbolísticas en posesión, control territorial y ocasiones creadas que el propio club llevaba años reclamando en sus informes internos.
A pesar de los números, fue imposible ignorar las sensaciones dictadas por la falta de juego, tantas veces criticada por los aficionados. El detonante fue la derrota por 3-2 ante el Barça en la final de la Supercopa de España en Yeda.
En el Madrid de Florentino Pérez, los datos solo sirven cuando confirman una decisión ya tomada. Los partidos ganados: insuficientes para el relato. Los partidos perdidos: suficientes para la sentencia. Y el proyecto: palabra prohibida.
El cuerpo como metáfora: cuando el club no se cuida
A esta falta de planificación se suma un síntoma más profundo y menos visible: la gestión interna de las personas. Las denuncias públicas de una ex fisioterapeuta del club, más allá de su recorrido legal o mediático, apuntan a algo inquietante: un entorno donde el cuidado, la escucha y la profesionalización interna no son prioridades estratégicas.
En Epepe, el cuerpo de Budai se deteriora. No por violencia directa, sino por desgaste, hambre, cansancio, incomunicación. En el Real Madrid, el desgaste no siempre se manifiesta solo en lesiones visibles, que las hay, y muchas, sino en climas laborales tensos, en decisiones médicas cuestionadas, en la ruptura de equilibrios como el que representaba Pintus, antes eje central de la preparación física.
Xabi Alonso pedía control. Control de cargas, de espacios, de tiempos. Pero pedir control en un club que funciona por impulsos es casi una provocación. El cuerpo del equipo, como el cuerpo institucional, no se gestiona: se exprime. Y cuando falla, se cambia al entrenador, no al sistema.
Arbeloa y la confusión del mando
La elección de Arbeloa para una eliminatoria copera decisiva, con decisiones tan llamativas como la no convocatoria de varios pesos pesados del vestuario, no es un error aislado: es otra manifestación del mismo idioma confuso. No se trata de si Arbeloa acertó o no, sino del mensaje estructural que se envía.
En la ciudad de Epepe, nadie sabe quién tiene la autoridad real. Todos obedecen, pero nadie lidera con claridad. En el Madrid, estas decisiones técnicas desconectadas del proyecto del primer equipo refuerzan la sensación de compartimentos estancos, de fuegos que se apagan sin pensar en el plano general.
La eliminación copera ante el Albacete no es solo un fracaso deportivo: es una metáfora perfecta. Un club gigantesco derrotado por otro que sabe exactamente qué quiere hacer durante noventa minutos, juegue en Primera o en Segunda. El Madrid, como la ciudad de Karinthy, corre mucho, pero no se traduce a sí mismo.
Xabi Alonso no entendía mal: entendía demasiado
Xabi Alonso no fracasó porque no supiera adaptarse. Fracasó porque entendió demasiado pronto que el Real Madrid no quería ser entendido. Que la falta de planificación, la gestión opaca de lo interno, la confusión en la toma de decisiones y la convivencia con el ruido forman parte del mismo ecosistema.
Budai podría haber sobrevivido si hubiera dejado de intentar comprender la ciudad. Si hubiera aceptado el sinsentido como norma. Xabi no quiso, ni supo, hacerlo. Y en el Madrid actual, como en Epepe, quien insiste en traducir termina siendo expulsado.
Fausto Mangione

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