"Ellos ven brotes verdes, pero yo aún veo mucha maleza"

El Real Madrid de Xabi Alonso nació con aroma a nuevo comienzo. No solo por lo que representaba él, sino por lo que simbolizaba su llegada: el fin de una era y el inicio de otra. 

Xabi no venía solo como entrenador, venía como idea. Como proyecto. Como promesa. Después de conquistar Alemania con el Bayer Leverkusen, ganando una Bundesliga invicta y cambiando la manera de competir de todo un club, regresaba a casa para ocupar un banquillo que no perdona, pero que también sabe reconocer a los suyos.

El mensaje era claro: rejuvenecer al equipo, mezclar estrellas con talento emergente, recuperar el hambre y construir un Madrid más dinámico, más agresivo, más reconocible. Vinícius, Mbappé, Bellingham… y alrededor, jóvenes con futuro. Presión alta, ritmo, personalidad. Un Madrid de autor.


El inicio, sin embargo, ha sido más áspero de lo esperado.

El Mundial de Clubes fue una inyección de fe. Parecía el primer ladrillo firme del edificio. Pero pronto llegaron los golpes. El problema no es solo el resultado. Es la sensación. El Madrid aún no es reconocible. Las ideas están, pero no se ven. Falta un hilo conductor en el juego. Sin Kroos y con un Modric ya lejos de su plenitud, el vacío en la sala de máquinas es evidente. Arda Güler no ha podido asumir ese rol. El equipo se parte, pierde control, vive demasiado en el desorden. Pero la directiva desvía la mirada y confía en carpinteros a los que les hacen trabajar con cristal de Murano. Un desastre. 

A eso se le suma una enfermería que parece infinita: Militão, Carvajal, Alaba, Mendy. La defensa ha quedado en cuadro. La lesión de Militão durante meses es un golpe estructural. Xabi no puede repetir once, no puede consolidar automatismos. Y construir sin continuidad es como intentar levantar una casa sobre arena.


Pero hay una herida que duele especialmente: la del relato.

Este proyecto se vendió como una apuesta por el futuro. Por la cantera. Por el crecimiento. Y, sin embargo, Endrick ha tenido que salir del equipo. No ha habido esa integración natural del talento joven que muchos imaginaban con Xabi. La cantera sigue lejos del foco. Y mientras tanto, algunos jugadores importantes no están dando el nivel esperado. El Madrid sigue dependiendo de nombres consolidados que atraviesan momentos grises o que parece a veces que no les apetece.

Las ideas nuevas prometidas aún no florecen. No porque no existan, sino porque el contexto no las deja respirar. Aun así, dentro del club se sigue creyendo en ellas. Florentino respalda el proyecto. Xabi transmite calma. Habla de proceso, de fe, de tiempo. Y su pasado reciente le avala.


La Supercopa fue un reflejo perfecto de todo esto.

El Clásico en Arabia terminó en derrota, 3-2 ante el Barcelona. Un golpe más en el marcador. Pero, por primera vez en semanas, el Madrid dejó sensaciones. Compitió. Mordió. Se rebeló. Vinícius brilló. El equipo empujó hasta el final. Courtois habló de buen partido. Xabi habló de actitud, de orgullo, de señales. De “brotes verdes”. No fue una derrota hundida. Fue una caída digna. Y en este momento del proyecto, eso vale oro. Pero al madridismo no le vale.

El madridismo lo percibió. No hubo pánico. Hubo debate, sí. Dudas, claro. Pero también comprensión. La sensación de que algo se está gestando, aunque aún no tenga forma. Que quizá este Madrid no esté listo para volar, pero ya empieza a batir las alas.


Xabi camina sobre una cuerda floja. En el Real Madrid no existe el “aún”. Aquí todo es ahora. Pero también es cierto que pocas veces el club ha apostado tan claramente por una idea. Por un entrenador como proyecto. No como parche.

El futuro de este Madrid no depende solo de ganar. Depende de convertirse en algo reconocible. En un equipo con alma. En un equipo de autor. Y no de estrellas… estrelladas.

Porque el día que el Madrid vuelva a ser un equipo antes que una suma de nombres, ese día, gane o pierda, volverá a ser temible. Y quizá entonces, este inicio turbulento se recuerde como lo que fue: el precio de empezar de verdad. Pero en mi opinión, aún falta mucho.


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