El NBA All-Star 2026 debía ser una declaración de intenciones desde el espectacular Intuit Dome. Nuevo pabellón, nuevo formato, nueva era.
Pero el resultado final fue ese sabor raro que se te queda cuando algo está bien hecho… pero no te emociona. Y a esas horas incluso te duerme. Porque sí, hubo cosas positivas. El problema es que el All-Star no va solo de acertar el domingo: va de todo el fin de semana. Y ahí es donde empezaron a aparecer las grietas.
Lo del sábado fue difícil de salvar. El concurso de mates, el evento que antes paraba el mundo, fue probablemente el peor momento del All-Star. Ganó Keshad Johnson, pero daba igual quién levantara el trofeo: faltó imaginación, faltó energía y, sobre todo, faltaron estrellas.
Los mates se parecían demasiado entre sí, hubo más intentos fallidos que momentos memorables y el susto de Jase Richardson, tras golpearse con el tablero, dejó una sensación extraña: demasiado riesgo para un concurso que ya no ilusiona. Cuando los grandes nombres no quieren estar, el mensaje es claro y preocupante. Los triples los ganó Llilard con el tendón roto o en fase de recuperación, sin ahber participado este año en la liga y el concurso de habilidades Towns dándose un paseo por la cancha.
El Intuit Dome impresionó por fuera y por dentro, pero muchas veces parecía un teatro a medio llenar. Las entradas, con precios disparados en reventa, dejaron fuera al aficionado de siempre y llenaron las gradas de público corporativo, más pendiente del móvil que del partido.
A eso se sumaron horarios poco naturales, con eventos arrancando a media tarde por ajustes televisivos globales. Resultado: gradas frías, aplausos tímidos y un All-Star que, por momentos, parecía más una convención que una fiesta.
Aquí sí se notó el intento de cambio. El nuevo formato trajo más intensidad y menos pachanga. Jugadores como Victor Wembanyama se lo tomaron muy en serio, y Anthony Edwards fue el gran protagonista del fin de semana, liderando y ganando el MVP con una actitud que contagió.
El problema llegó al final. La final soñada entre Estados Unidos y el Resto del Mundo nunca se dio y el último partido acabó siendo un paseo sin tensión. Incluso LeBron James lo dijo sin rodeos: tanto experimento puede acabar confundiendo. A veces, lo clásico funciona por algo.
El All-Star 2026 no fue un fracaso, pero sí una señal de alarma. No basta con pabellones futuristas, pantallas gigantes y entradas imposibles. El evento necesita estrellas implicadas, público real y una identidad clara.
La NBA sigue buscando la fórmula perfecta. La cuestión es si está escuchando a la gente… o solo puliendo el envoltorio mientras el contenido pierde calor. Porque cuando el fin de semana que debería celebrar el baloncesto deja indiferente al aficionado, algo se está escapando.
Artículo Carlos LZ
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