REAL MADRID: LA CRISIS PERPETUA

Todo empezó con ilusión. Con ese Mundial de Clubes como punto de partida y con la llegada de Xabi Alonso como gran arquitecto del nuevo proyecto. 


Había expectativas, había discurso, había una idea clara: construir un Madrid dominante, moderno, reconocible. Durante ese primer tramo se intuyeron cosas. Algunos automatismos, ciertos conceptos tácticos, una intención de controlar los partidos desde el orden. Pero la realidad no tardó en aparecer.

En Liga, las dudas llegaron pronto. El equipo no terminaba de asimilar lo que proponía Xabi. Sus métodos, los mismos que le habían llevado al éxito en Alemania, no encontraron el mismo eco dentro del vestuario blanco. Y ahí empezó todo. Porque cuando las ideas no calan… aparecen los egos.


Jugadores importantes como Vinícius Jr., Jude Bellingham o Federico Valverde empezaron a mostrar incomodidad. No fue de un día para otro, pero poco a poco la tensión fue creciendo hasta convertir el vestuario en un lugar difícil de sostener. El proyecto, que prometía tanto, comenzó a resquebrajarse desde dentro. El punto de no retorno llegó en el Clásico del Bernabéu.

Xabi decidió sustituir a Vinícius. Y lo que vino después lo vio todo el mundo. El brasileño explotó como nunca: gestos, palabras, frustración desbordada. “Siempre a mí, siempre yo… me voy de este equipo”. Una escena que dejó al descubierto algo más grande que un simple cambio. Era una ruptura. Visible. Real. Imposible de esconder. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo.


La crisis se agravó semanas después en un entrenamiento en el que Xabi perdió los nervios con la plantilla, señalando directamente la falta de profesionalidad. Aquello terminó de dinamitar la relación. El club actuó en enero. Destitución. Fin del proyecto. Y en su lugar, Álvaro Arbeloa asumió el cargo hasta final de temporada. Pero los problemas no acababan ahí.

Las lesiones hicieron el resto. Éder Militão, Antonio Rüdiger… piezas clave fuera en momentos importantes. Y los fichajes, lejos de ser solución, aumentaron las dudas. Ni Dean Huijsen, ni Trent Alexander-Arnold, ni Carreras ni Mastantuono lograron ofrecer el nivel esperado, especialmente en el caso del inglés, cuyo rendimiento quedó muy lejos de lo que se esperaba por su estatus. Y en medio de todo, otro foco imposible de ignorar: Kylian Mbappé.


El francés ha sido protagonista dentro y fuera del campo. Con la sensación de estar más centrado en registros individuales que en el colectivo, forzó su presencia en partidos menores pese a problemas en la rodilla. Jugó cuando no debía… y faltó cuando se le necesitaba. Como en aquel cruce ante el City. Paradójicamente, el equipo respondió mejor sin él. Más compacto, más solidario, más efectivo. El ruido empezó a crecer.

Y se hizo aún mayor cuando Mbappé filtró que los servicios médicos le habían revisado la rodilla equivocada. Un mensaje que llegó justo después de la salida de Xabi Alonso, con quien no tenía la mejor relación. La reacción fue inmediata: críticas, dudas, división de opiniones. A eso se sumaron decisiones drásticas como el despido del cuerpo médico y de la nutricionista del club, que posteriormente denunció prácticas abusivas dentro de la estructura. Silencio institucional.


Mientras tanto, dentro del club ya se habla de una reestructuración profunda. Cambios en el área médica, ajustes en la plantilla, refuerzos en posiciones clave. Porque el objetivo es claro: evitar un tercer año en blanco. Porque esa es otra realidad.

La Liga está perdida. Europa quedó atrás. Y el equipo, fuera de todas las competiciones, afronta el final de temporada como un trámite incómodo. Intentando salvar el orgullo… mientras algunas imágenes no ayudan precisamente a reconstruirlo. Jugadores de vacaciones, otros “lesionados” lejos del foco competitivo, y una sensación general de desconexión con lo que representa el escudo.

Y eso, en el Real Madrid, es lo más grave de todo. Porque perder puede pasar. Pero perder la identidad… es otra cosa.

Artículo Daniel Moreno

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