Te ha pasado alguna vez. Ves a una selección saltar al campo y asumes que los colores de su camiseta vienen directamente de su bandera. Parece lo lógico. Sin embargo, basta con echar un vistazo al Mundial para descubrir que muchas veces no es así.
Un gráfico publicado por Sportico clasificaba las camisetas de las selecciones entre las que coinciden con los colores de su bandera y las que no tienen prácticamente nada que ver con ella. Entre estas últimas aparecían casos tan llamativos como Australia, Japón, Países Bajos o Nueva Zelanda. Y eso plantea una pregunta muy interesante: ¿de dónde salen realmente los colores de algunas de las selecciones más famosas del mundo?
La respuesta está en que los colores deportivos suelen ser mucho más antiguos que las propias banderas nacionales. Mientras las banderas evolucionaron por motivos políticos e institucionales, muchas selecciones construyeron su identidad alrededor de dinastías, símbolos históricos, tradiciones deportivas, supersticiones o decisiones que se tomaron hace más de un siglo. Y cuando ambos símbolos chocan, normalmente gana el más antiguo.
El ejemplo más conocido es el de Países Bajos. Su bandera es roja, blanca y azul, pero su selección viste de naranja. El motivo hay que buscarlo en Guillermo de Orange y la Casa de Orange-Nassau, protagonistas de la independencia neerlandesa en el siglo XVI. De hecho, la primera bandera del país era naranja, blanca y azul, conocida como la Prinsenvlag. Aunque posteriormente cambió, el naranja ya se había convertido en un símbolo nacional. Por eso hoy domina no solo el fútbol, sino también la Fórmula 1, los Juegos Olímpicos y las celebraciones del Día del Rey.
Australia tampoco utiliza los colores de su bandera. Mientras esta conserva la herencia británica con el Union Jack y el azul predominante, sus selecciones compiten habitualmente con verde y amarillo. Son los llamados Australian National Colours, adoptados oficialmente en 1984 y vinculados tanto a la vegetación del país como a la golden wattle, la flor nacional australiana.
El caso de Japón también tiene una explicación sorprendente. Aunque su bandera está dominada por el blanco y el rojo, la selección juega de azul. El origen se remonta a principios del siglo XX, cuando buena parte de los futbolistas procedían de la Universidad Imperial de Tokio, cuyo uniforme era azul. Además, este color permitía diferenciar a Japón del resto de selecciones asiáticas. Con el tiempo se convirtió en una seña de identidad tan potente que dio lugar al famoso apodo de los Samurai Blue.
Un caso especial, aunque no está en el Mundial, es el de Italia. Tampoco juega con los colores de su bandera. Desde 1911 viste de azul en homenaje a la Casa de Saboya, la dinastía que lideró la unificación italiana en el siglo XIX. El color terminó arraigando tanto que hoy es imposible imaginar a la Azzurra con otro uniforme.
Algo parecido ocurre con Alemania. Aunque su bandera es negra, roja y dorada, la selección ha vestido tradicionalmente de blanco. El motivo se encuentra en Prusia, el estado que impulsó la creación del Imperio alemán y cuyo color representativo era precisamente el blanco.
Nueva Zelanda ofrece uno de los casos más curiosos. El negro de sus selecciones no nace de la bandera, sino de la enorme influencia de los legendarios All Blacks de rugby. Además, el color tiene un significado especial dentro de la cultura maorí, donde simboliza prestigio, fuerza y unidad. Incluso existe una explicación práctica: en los embarrados campos de finales del siglo XIX, el negro ayudaba a disimular las manchas de barro mucho mejor que otros colores.

Bélgica representa una historia completamente distinta. La selección comenzó a jugar de rojo en 1905 sin una razón histórica especialmente relevante. Sin embargo, en 1906, tras una remontada memorable, un periodista llamado Pierre Walckiers los bautizó como los "Diablos Rojos". El apodo triunfó, el diablo se convirtió en símbolo nacional y acabó generando una de las marcas deportivas más reconocibles del fútbol europeo. En este caso ocurrió algo poco habitual: la camiseta creó el apodo y el apodo acabó construyendo toda una identidad.
Y luego está Brasil, probablemente el ejemplo más fascinante de todos. Hoy resulta imposible imaginar a la Canarinha sin su icónica camiseta amarilla, pero hasta 1950 la selección jugaba de blanco. Todo cambió tras el Maracanazo, aquella histórica derrota ante Uruguay en la final del Mundial. El blanco fue señalado como un color asociado al fracaso y poco representativo del país.
En 1953, el periódico Correio da Manhã organizó un concurso nacional para diseñar una nueva camiseta con una única condición: que incorporara los cuatro colores de la bandera brasileña. Se presentaron más de 300 propuestas. El ganador fue Aldyr Garcia Schlee, un joven ilustrador de 19 años que, curiosamente, simpatizaba con Uruguay. Así nació la camiseta amarilla más famosa de la historia del fútbol.
Quizá la conclusión más interesante es que nunca existió una norma que obligara a las selecciones a vestir los colores de su bandera. La bandera representa al Estado. Es un símbolo oficial, legal y relativamente reciente en muchos países. La camiseta, en cambio, suele contar una historia diferente. A veces habla de una dinastía, otras de una tradición deportiva, de una superstición, de una herencia cultural o incluso de un concurso organizado por un periódico.
Por eso, cuando los colores de una bandera y los de una camiseta no coinciden, no suele ser un error. Es historia. Y casi siempre termina imponiéndose el símbolo que lleva más tiempo formando parte de la identidad de un país.
ARTÍCULO REDACCIÓN TSO
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